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El Papa Francisco vive su séptimo año

 Por: Gabriel Alsó, Exalumno salesiano de Argentina

El papa Francisco vive su séptimo año. Han sido tiempos de milagrosos procesos de esperanza gracias a actos fundados en sus palabras en cuidado de la dignidad de la persona, sus raíces y tradiciones culturales y nuestra “casa común”; y de compromiso entre laicos y consagrados a eliminar “muros de silencio” y clericalismo. Tras el Concilio Vaticano II y posteriores papas, ha llegado el tiempo de pastores con olor a pueblo por haber escuchado sus latidos, (Gaudium et Spes).

Gracias a sus dotes de “jardinero”, ha esparcido semillas de servicio, escucha, diálogo, concordancias, perdón, reconciliación, comunión y compromiso; y ha demostrado la imprescindible necesidad de los abuelos como raíces ante los vendavales de colonialismos ideológicos que buscan socavar identidades. Los efectos ya se denotan. “Una desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal”, nos dijo Francisco en la Amazonia de Perú.

Vivimos en un mundo donde el maligno ofrece cotidianamente dulces tentaciones y está plagado de feligreses con “asistencia perfecta” en celebraciones y misas; ésos “católicos perfectos” están presentes en los rezos papales.

Francisco está generando procesos de realidades superiores a ideas, tiempos a espacios, unidades a conflictos, y totalidades que superan a las partes en un mundo descripto por Guzmán Carriquiri como “una potente máquina de distracción y censura que opera en una sociedad consumista y de espectáculo”.

Mundo donde coexisten democracias erosionadas por los influjos determinantes de poderes económicos y mediáticos corruptos, y el papa brinda esperanza en hogares resquebrajados por un sistema económico que no tiene como prioridad las personas y el bien común, sino al “paraíso” de la especulación sin importar a costa de quién.

Vivimos el medio tiempo de la Cuaresma, un tiempo que finalizará con un vía crucis, la crucifixión del señor y su gloriosa redención por nosotros; en nuestro interior, viviremos un proceso similar, donde las situaciones pueden ser transformadas en camino de resurrección.

El papa convoca a no concentrar la fe en formulaciones doctrinales, no tener miedo a dejar de ser invisibles,estar atentos a toda índole de violencia e ideología de género y recibir la vida como viene, luchar contra la indiferencia, cuidar las raíces para evitar la desertificación cultural y espiritual, y no bajar los brazos ante un mundo que impide nacer a niños y les niega el derecho a tener infancia, familia, educación, y derecho a jugar.

El reza porque logremos atender las necesidades de nuestros hermanos con obras de amor de verdad (1 Jn 3,17-18), no de palabra en una sociedad que perdió la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor de muertes a causa de droga, alcohol, prostitución y trata.

Cuando el actual sucesor de Pedro llegue al horizonte, será eternamente recordado por su pasión jesuita-salesiana de pastorear entre su rebaño y escucharlo, su fascinación por generar atmósferas de amor en el servicio a los demás, y por activar jóvenes espíritus que sienten que son amados. Por su diestro manejo de los tiempos, su excelsa prudencia e idioma de simples gestos y generación de esperanzas conducentes a un mundo de “visibles”.

Francisco está iniciando un nuevo período concentrado en pulir procesos con sus últimos retoques a su iglesia y en divulgar “la buena nueva” con amor y servicio. “El amor verdadero no anula las legítimas diferencias, sino que las armoniza en una unidad superior”, Benedicto XVI.

Recemos por una Iglesia cuya fuerza no esté (como decía Mons. Romero), en el apoyo de los poderosos o de la política, sino en caminar únicamente tomada de los brazos del crucificado como única y verdadera fortaleza. Por una Iglesia sinodal que tenga presente el punto 66 del documento finaldel Sínodo de jóvenes: “los jóvenes, en ciertos aspectos, van por delante de los pastores”. Por sus pastores, que no dejen acumular polvo en sus vestiduras y que sean verdaderos apóstoles de Cristo junto a sus rebaños como hace más de 50 años aconsejó Mons. Angelelli en sus conclusiones del Vaticano II.

Llevamos en nuestros oídos consejos de caminar con “las manos en el mundo y las raíces en el corazón” como dicen nuestras ex alumnas de María Auxiliadora, involucrarnos, dejarnos ayudar en cada caída, soñar el futuro, y estar atentos a las cotidianas personificaciones de Dios.

Somos responsables de resembrar sus semillas, y concentrados en el amor de cada una de nuestras acciones; está en nosotros llegar a ser el cambio que queremos ver.

“Nosotros somos el tiempo”, San Agustín.

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